The Runbook (Diario de una pasión corredora) Vol.1

Enero 2012

Es raro lo que ha pasado en los últimos dos años, comencé a correr para mantenerme en forma y para reducir esa lonja mórbida que se adhería a mi cuerpo como el cochambre a las ollas viejas sin teflón o como el arrecife de coral a las carcazas viejas de los barcos hundidos en el fondo del mar. Era una obligación auto-impuesta, un decreto dictatorial donde el dictador y el pueblo coincidían en uno mismo… yo. Nunca me importó tener sobrepeso, sobre todo porque la gente a tu alrededor en su afán por no lastimar los sentimientos de un gordo, te dicen que estás bien, que la piel que te sobra es una salud simbólica, una bondad encarnada, un pellejo homeostático.. y luego por qué somos el país con más obesidad infantil en el mundo, porque un bebé gordito, con sus cachetitos de nalgas de Victoria Secret, es más bonito que uno flaquito, menudito, “desnutrido”.

Cuando comienzas a entrenar a una edad no tan jovial, lo difícil es lidiar con la concepción del tiempo, tu cuerpo manco de experiencia y de un eficiente cronómetro biológico, se pierde en un laberinto de tiempo y espacio, los minutos se dilatan y se escurren como en esos cuadros surrealistas de Dalí, en un acto descarado de complicidad con el progresivo cansancio de tus piernas… tú sientes que corriste por 25 minutos unos 5 kilómetros, cuando en realidad has corrido kilómetro y medio en 10… y ves el reloj y no lo puedes creer, como si algún bastardo invisible sin escrúpulos te estuviera jugando una broma pesada, de 28 de diciembre o de primero de abril.

Ese día me regresó el asma después de muchos años de ausencia, volvió a mí esa enfermedad desgraciada a exprimirme los pulmones y a inducirme apneas intermitentes… el pecho me chillaba como una perra herida que espera su inminente muerte atropellada a la orilla de una calle con letanías y lamentos fúnebres…  y después el misterio inmunológico, a la mañana siguiente la respiración era nuevamente silenciosa, regular y vigorosa, como un suspiro enamorado.

Qué decir de mis piernas, contraídas por descargas eléctricas invisibles, eran débiles como las de un caballo recién nacido o como de alguien que vuelve del coma después de décadas de letargo vegetativo. ¡Me duele hasta para mear! diría una amiga, después de haber corrido 21 kilómetros sin detenerse, con ningún previo entrenamiento ni preparación “mezzo-maratonica”.

Y bueno, de ahí, ¿qué sigue? al otro día, la negociación, el pitch de ventas, la persuasión anatómica… debes de convencer a tu cuerpo de hacer lo que no quiere hacer: exponerse a un dolor innecesario nuevamente, repetir la infernal rutina del día anterior, e ignorar a huevo el aprendizaje negativo de la tortura auto-infligida; es algo como un experimento de contra-conductismo clásico, tú siendo al mismo tiempo el científico y el ratón, desafiando el orden natural de las cosas… Vamos a correr otra vez, a ver qué pasa (continuará…)Imagen

 

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