Estela de mi vida

Ella fue mi maestra, mi tía, mi amiga. Estela me introdujo a la narrativa mágica de García Márquez y a la suya, cuando nos contaba de su tía que se impulsaba con sus pedos poderosos por las escaleras de la casa cuesta arriba. Me inculcó la poesía cubana revolucionaria de Guillén, el romanticismo versado de Benedetti, y la franqueza casi insultante de Sabines, quién además fungía del amante secreto de ella, junto con otros literatos, víctimas de su deseo platónico. No sólo los leímos juntos, me enseñó a entenderlos y a declamarlos a los 12 años… Desistimos de los poemas de amor sufrido, pues a su criterio yo no había tenido aún desamores tan incisivos como para entenderlos, y mucho menos actuarlos sensiblemente en el escenario. Ella por su parte nunca mencionó los verdaderos romances de su vida, pero siempre se le notó una amargura que sólo resulta de esguinces fulminantes en el corazón. Además, tuvo que encargarse de su madre durante los últimos años de vejez, limpiando las llagas de esa anciana de más de noventa años que se aferraba a la vida, cuando la vida misma la empujaba de la cama para matarla. Por esto muchos de sus estudiantes la recuerdan como una vieja gritona y amargada, con una voz de hombre que hacía llorar a las niñas de secundaria y a uno que otro “puberto” insolente… Tenía pánico de los balonazos en el patio de la escuela, y estaba dispuesta a arrancarle la cabeza a quién acertara pegarle a su mórbido cuerpo en movimiento. Yo en cambio la recuerdo como una mujer maravillosa, sarcástica y culta, con una caligrafía de otros tiempos tan engarzada como esa ceja independiente que alzaba como síntoma de desconcierto. Me enseñó la importancia de la buena ortografía como un acto de respeto y me hizo sentir querido dentro de un círculo tan estrecho y tan exclusivo. La última vez que la vi fue porque la invité a comer a la casa de mi abuela, y nos la pasamos ajusticiando gente con chismes de antaño, y recordando a los parientes milenarios. Cuando murió, no me sorprendió ver tan poca gente en el funeral, porque en realidad ella siempre estaba sola, todo el tiempo entre libros y ese ratón hijo de puta que se colaba en su casa para volverla aún más loca… Mi madre me susurró que habría sido oportuno declamar alguna de sus poesías delante del público fúnebre, yo me negué porque lo juzgué como algo estúpido, que no era el tiempo ni el lugar, y quizá tenía razón, porque desde entonces en algunas borracheras, o en noches serenas, recito encantando de memoria esos versos y lloro y pienso en ella, y la extraño y maldigo su partida, de mi “Mestra” Estela, Estela de mi vida.

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