Mi primera marcha revolucionaria

Ayer, 1 de diciembre de 2014, fui a mi primera marcha.

Llegamos a la plancha del Zócalo, sin letreros ni lonas, ni plumones, sólo con ganas, con muchas. Una señora repartía carteles de “Fuera Peña” con el rostro de Enrique, en blanco y negro, nos regaló un par. El semblante del presidente es pálido y temeroso, como quien enfrenta un juicio público sabiendo a priori la irrevocable sentencia de su culpa.

Había aún poca gente, eran las 3.30 y se había acordado la reunión a las 4 de la tarde. Enfrente de Palacio, con 3 pancartas que alternaba constantemente, un muchacho sólo que cubría su rostro con la máscara de Guy Fawkes. Nos pusimos a su lado y alzamos también nuestras protestas en el aire.

Ayotzinapa somos todos

– Les puedo tomar una foto.

– Claro.

– No deberían dejarse tomar fotos, luego las suben a las redes sociales.

– Pues eso es lo que queremos, y no tengan miedo, no hay que tener miedo.

La gente se empezó a juntar por un impulso gregario, una fuerza de convicción gravitacional. Contingentes de varias escuelas, sindicatos y organizaciones, con sus propios voceros y gritos de guerra. La gigantesca bandera tricolor ondeaba alto en los cielos, y cientos de banderas pequeñas pintadas de negro se blandían en las manos de la tierra. Una luna menguante también asistió a la protesta.

Fuera Peña

Comenzamos a marchar con un orden impecable.

– Demostrémosles que somos una fuerza organizada compañeros.

Avanzábamos lentamente y nos mirábamos a los ojos entre todos, y con sonrisas tímidas y con sutiles reverencias de cabeza, nos legitimábamos unos a otros, mientras se entonaban reclamos interminables. Se contaba del 1 al 43, hasta desgastarse las gargantas, y luego se gritaba al unísono ¡Justicia! y los ecos rebatían por los muros de las calles aledañas, en las casas, en los edificios, en los parques y avenidas, en el resto de la ciudad, en el país y en el mundo, y ojalá también en los oídos sordos de esa gente conformista que nos llama huevones.

– ¡Ayotzinapa vive, la lucha sigue! ¡Ayotzi vive, vive, la lucha sigue sigue!

Cuando le dije a mi madre que me manifestaría me dijo que no lo hiciera, que para qué me arriesgaba. Yo le dije:

– Patricia, ¿qué harías tú si me detuvieran y desaparecieran, y no supieras nada de mí en más de dos meses, de tu hijo, el menor? Sí ya sé que Ramón es tu consentido lo sé, pero bueno ¿qué harías?

Me explicó que ella haría todo, pero no le gustaría ver a otros jóvenes poniendo su vida en peligro, y entonces recordé a V de Venganza: “He was Edmond Dantés… and he was my father. And my mother… my brother… my friend. He was you… and me. He was all of us”

Ayotzinapa somos todos

– Madre, esto va más allá de lazos consanguíneos o asociaciones involuntarias, esto trasciende individualidades. Esos muchachos de #Ayotzinapa y sus padres, son todos esos normalistas, y esos niños, y esos estudiantes, esos maestros y trabajadores, esos miles de cuerpos enterrados y desaparecidos, esos pobres inocentes asesinados, y esos bebés de guarderías incendiados, Ayotzinapa eres tú y soy yo… #AyotzinapaSomosTodos.

Se marchó desde el Zócalo hasta el Ángel de la Independencia, que no es Ángel, sino una victoria. Arturo, mi tía Alejandra, Michael, el señor de bigote que empujaba una silla de ruedas, con una señora elegante, inconforme, de unos 70 años; varios enmascarados, Guy Fawkes y los guerreros de lucha libre peleando por más libertades; un oso polar, la batucada, y artistas con sangre artificial con reclamos muy reales; los heterosexuales, los gays, las lesbianas, los bisexuales, los transexuales y los intersexuales; las putas y las monjas, estudiantes y maestros resarciendo enemistades naturales; gente sola, novios y novias prensados de las manos, y otros más generosos de las bocas; familias enteras, bebés y abuelas, los padres de los desaparecidos. El atardecer.

Monumento de la Independencia

Cuando llegamos al Monumento de la Independencia, la noche también ya se había unido a la protesta. Tomó la palabra uno de los padres de los 43, nos contó de lo que han sido estos meses de tormenta, el dinero sucio que les ofrecieron para comprar el silencio. Pero es que a parte de corruptos, son ilusos y pendejos. Un hijo no tiene precio.

– Mi mujer y yo, tuvimos que renunciar a nuestros trabajos para buscar y luchar.  La voz se le partía y se le ahogaba con las lágrimas.

– ¡No están solos! ¡no están solos! cimbraban las miles de voces de apoyo.

Después tomó la palabra un normalista, y después de una crónica de todo lo ocurrido,  se dirigió a él, al presidente, con la sentencia más atinada y contundente.

– ¡Fuera Peña! ¡Tú no eres Ayotzinapa! ¡Asesino!

Por ahí de las 8 nos desprendimos del contingente y nos dirigimos a las casa.

– Estuvo bien, la marcha, pero ya es hora de dar el siguiente paso.

– ¿Y cuál sería ese siguiente paso primo?

– Siéntate, tenemos que hablar.

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