Muñeco el perro bandido

Muñeco era mitad pastor alemán mitad coyote.

Tenía la mala, pero graciosa costumbre, de robarse cosas con el hocico y llevarlas de vuelta a su casa, con Yolis, mi nana milenaria, y Felipe, el doble de “Cantinflas”.

Muñeco el perro bandido

Un día, Muñeco pasó por una calle donde algunos taxistas rechonchos lavaban sus vehículos a cubetadas y franelazos vigorosos. Habían sacado los tapetes translúcidos de plástico al sol, al igual que su peinado de raya en medio de nalgas, que se asomaba por la retaguardia de sus pantalones ajustados.

El sinvergüenza, en un movimiento ágil de cabeza, aferró un par aún húmedo con sus colmillos filosos de canino, para después emprender la fuga con un trote gracioso como de señora burguesa . El taxista no volvería a ver sus tapetes.

En otra ocasión, donde se desconoce el prólogo de la historia, Muñeco llegó a la casa con una olla express en el hocico, sin comida dentro ni la tapadera de válvula presurizada. La olla se revelaría inservible para fines prácticos de cocina, pero se consolidaría como un trofeo simbólico más del villanaje de Muñeco.

Sin embargo, el momento cumbre en la carrera criminal del perro coincidió con una mañana de ir a la tortillería.

– Felipe vamos a ver si está el tío Moi y nos deja meternos en la cola de las tortillas.

– Ok, pero nos llevamos a Muñeco para que dé la vuelta.

Hasta ahora las presas del “coyote alemán” habían sido objetos inanimados, pero hoy se sucedería un verosímil intento de secuestro.

A unos veinte metros por delante de Yolis, Felipe y el Muñeco, se encontraba un viejo marchante, que bajaba un pueril cochino de su camioneta de batea. No sé si fue el olor de tocino, o la vista de zanahoria, pero Muñeco se percató de su porcina presencia, y sin dudarlo, emprendió el asalto depredador, implacable, desplazándose entre la gente y los coches, como una leona en las sabanas subsaharianas.

Lo prensó de la oreja, membranosa, como ala de muerciélago y lo jaló con fuerza para intentar llevárselo por siempre, como a los tapetes del taxi, o como a la olla express de orígenes desconocidos. El marchante, por su parte, lo aferró de una pata pesuñoza, como un trapecista sujeta a su compañero en el acto final de un vuelo acrobático circense. Y así comenzó el vaivén del cerdo, un duelo entre hombre y bestia, entre marchante y Muñeco, mientras el pobre cerdo de la discordia, gritaba y gritaba, desesperado por su vida, como una tetera de agua hirviente.

– ¡No te robes mi cochino, perro bandido, no te robes mi cochino! Le gritaba el marchante a Muñeco con lágrimas en los ojos, y el rostro blanco pambazo por el espanto del susto.

Yolis y Felipe pudieron zafarle la oreja de la boca al perro, y pedirle disculpas al marchante, que había envejecido aún más en esos segundos, casi eternos, de lucha y martirio, que en todo el resto de su vida. No pasó a más.

A Muñeco pudo habérsele escapado su presa en esta ocasión. Pero no fue la última vez que se le vería portando en el hocico algún objeto robado para llevárselo a casa.

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