Exploración Expedita a Tepoztlán

– Primo, vámonos mañana a Tepoz.

– Va.

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Así como siempre, nuestras conversaciones y toma de decisiones casi automáticas.

Fue nuestro primer viaje en la nueva moto del Arturo, un BMW 700 no se qué, una maravilla mecánica donde cabemos perfectamente los dos, sin arrimarnos nada, a diferencia de la casi simbiosis en el scooter miniatura de Tailandia. Yo pagaría las casetas, él me llevaría hasta Tepoztán, y nos dividiríamos la gasolina. Plan perfectamente equitativo.

En la carretera ningún contratiempo, solo el aire gélido casi asfixiante que se filtraba por mi casco de motrocross sin vicera, patrocinado por Esteban; y unas obras de reestructuración a la altura de La Pera, la que se dice es, o era, porque la están desintegrando, la curva más pronunciada de la República Mexicana. Ah, olvidaba, en la mera entrada de Tepoz, un sujeto se cayó de su moto, y se reventó la cabeza; sentado en el piso, semi consciente, parecía sacado de una película de Quentin Tarantino, con un chisguetito de sangre, tragico-cómico, que brotaba de una hendidura recién forjada como alcancía en la mollera.

– ¡Hay que usar casco güey!

Nuestra visita a Tepoz se estructuró en Restaurante, Parroquia, Nieve y las ruinas Prehispánicas del Cerro Tepozteco.

El nombre del restaurante no podía ser más convincente para un par de foráneos: “Antojitos deliciosos tradicionales de aquí” dictaba el letrero amarillo destartalado afuera del local. Unas quesadillas de Huitlacoche y tinga para mí, unas enchiladas verdes y cecina para Arturo. Le preguntamos a la mesera sobre lugares interesantes.

– Pues ninguno, hay así lugares pa’ relajarse, masajes y temazcales, el templo, pero pues así muchos no.

Es maravilloso ver a un local promover de manera tan entrañablemente elocuente su Pueblo Mágico.

La Parroquia de la Natividad, la Iglesia de Tepoztlán, y su Ex Convento fueron construidos en el siglo XVI bajo órdenes de frailes dominicos, y mantienen después de más de 400 años un vigor reluciente, viejo, pero vigente.

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Enfrente, una nevería tradicional, las Tepoznieves, esas que son famosas por sus sabores idílicos y sus nombres divino-mitológicos: Canto de Sirena, Oración del Viento, Encanto de Montaña. Yo pedí el primero, que está hecho de cereza, piña, durazno y pera, empotrado en un cono sabor vainilla. Delicioso.

Nos volvimos a encaramar en la moto, y en vibraciones trepidantes por las calles empedradas llegamos hasta la base del Cerro del Tepozteco. A partir de aquí se realiza un recorrido de casi 3 kilómetros, entre piedras megalíticas, senderos inclinados construidos ex profeso para el visitante y árboles de raíces rampantes que recuerdan a los templos de Angkor en Camboya.

En la cima del Cerro se encuentran unas ruinas prehispánicas mexicas, vestigios de un templo de adoración sacra.  Son 47 pesos por pisar el suelo divino, y es gratis para estudiantes y maestros. El lugar no ofrece mucho, lo más valioso es la vista desde lo alto, para admirar la tierra cálida del estado de Morelos.

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El regreso cuesta abajo, fue más divertido saltando de piedra en piedra y disfrutando de los miserables turistas que apenas estaban emprendiendo la subida.

Al detenernos un poco antes de donde aparcamos la moto para comprar una Coca Cola,  notamos que nos temblaban las piernas a ambos, como las cucharas de los viejitos al comer la sopa. Ahí había una anciana que hacía tortillas y las calentaba en un anafre,

– Se ven bien ricas las tortillas.

– No lo dudo, seguramente sus manos tienen el sazón de 80 años.

Subimos a la moto y emprendimos el camino de regreso, con un sol tempranero que empezaba a ocultarse, y una lluvia de bugambilias y jacarandas que se desprendían de los árboles para volar lejos, libres con el viento.

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A un cierto punto, nos detuvimos a tomar unas fotos en plena carretera, y para las 6 de la tarde ya estábamos en el departamento de vuelta.

– Hagamos esto una vez por semana Manuelas.

– Pues Tepoz está bonito, pero… ¿ir 4 veces al mes?

– No seas menso, cada semana a un pueblo diferente.

– ¡Ah! perfecto… por supuesto.

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