Argentina me cambió como viajero

Mi primer viaje largo y sin compañía lo realicé a Argentina en mayo del 2014. Un día, sin pensármelo dos veces, reservé un vuelo a Córdoba donde vivía el único argentino que conocía en ese entonces: Nachito.

Argentina

Por supuesto que el taxista que me llevó del aeropuerto al departamento de mi amigo me cobró de más, fue la última vez que me dejé estafar de esa manera.

¿Un matecito, boludo? Fue lo primero que me dijo Nachito. ¿Conocés?

¡Pues sí, obvio! (la verdad es que no, mentí solo por convivir).

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Viajar corriendo: Argentina de norte a sur, y de regreso

El año pasado descubrí que correr puede ser un modo sano, barato y sustentable de explorar nuevos lugares. Cuando decidí hacer un viaje a Sudamérica, no podía suspender mi entrenamiento, así que me fui a Argentina con todo mi equipo para correr: mi par de tenis viejos, mis shorts hasta la rodilla, nada de cacheteros, y dos playeras anti sudoríparas.

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En cada ciudad que visité corrí por los lugares más recomendados por mis amigos argentinos. Para empezar, el parque Sarmiento de Córdoba, y luego la misión fallida de correr hasta el estadio Kempes por el Río Suquía, donde la motivación fue correr por mi vida, ante la incipiente criminalidad de la zona. Trés días después, por el boulevard del Río Paraná en Rosario, desde el Monumento a la Bandera hasta el Puente Rosario-Victoria, ida y vuelta, ¡terminé corriendo 33 kilómetros! y conociendo, en una sola jornada, casi toda la ciudad santafecina.

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Tierra del Fuego

Tierra del Fuego es un alternarse de contradicciones, aquí hay más agua que tierra, y hay más hielo que fuego. La pre cordillera nacida del dinamismo vigoroso de la tierra, ahora muestra sus cimas chatas por la erosión de los tiempos, con una vejez de flancos calvos, alopecia de verde, y aludes necios. Los Andes nuevos, adolescentes, resultan más afilados con menos años, y sus puntas como dedos largos acarician el cielo y lo ruborizan de rosa celeste. Los lagos con sus azules inéditos y espontáneos, nacen del predecible sudor glaciar de las montañas, y los vientos pesados y fríos, son como flechas de hierro que se clavan en el cuerpo a la velocidad del hielo. Hay bosques donde perderse es un reencuentro con uno mismo, y donde la aparente discontinuidad del tiempo lleva el ritmo de los pájaros carpinteros.
Hay también algunas flores que solo crecen en lo imposible y cadáveres de hojas naranjas bajo árboles verdes que nunca mueren. Y hasta en el final austral del mundo, se aprecia la perpetuidad de la vida, con criaturas marinas que se aparean en pedazos de isla, y dan a luz, en lo profundo de lo oscuro. Los atardeceres delirantes y las aves de rapiña son un constante recuerdo de lo efímero de la vida. Pero ante la aparente inevitabilidad de la muerte, los amaneceres de colores y las flores tercas de invierno, son la prueba más legítima sobre la inmortalidad del deseo. Tierra del Fuego es un alternarse de contradicciones, aquí hay más agua que tierra, y hay más hielo que fuego.

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Cordero Patagónico

Me fui a un tenedor libre por 180 pesos argentinos,
comí poco a propósito durante el día para poder disfrutarlo,
uno no debe de ir a estos bufets “all you can eat”
sin la intención de que la casa pierda, sino, ni intentarlo.
Y así abrí con unas minutas y ensalada,
para pasar después a lo principal, la parrilla
cordero patagónico para empezar,
matambre, chorizo, chinchulines y morcilla.
Más cordero de la patagonia y costilla,
un plato de vacío, paradójicamente lleno de carne y macisa,
y ya al borde del desborde, un cachito de asado de tira,
con una copa de vino de Mendoza de cortesía.
Yo no sabía si seguía comiendo por hambre, por gula,
o por complacer al estúpidamente guapo del parrillero,
del cual me enamore desde el primer cordero.
Y ya para terminar, de postre, unas peras en almíbar
aunque la mesera insistió tanto en probar el flan casero,
que terminé comiéndomelo bañado en dulce de leche, entero.
Pagué la cuenta y me fui a dar una vuelta digestiva después,
me di cuenta que casi casi me había tragado, yo solo,
a todo el portal de Belén.

Receta Argentina para el buen vivir

Deshazte de tus nostalgias en las ferias de antigüedades los domingos, y véndeselas al que mejor te las pague. Sé infantil como Mafalda, atrevido como Maradona, y mágico como Cortázar. Arráncale la pollera a la vida, y házla tuya… date siempre abundante como catarata, pero reserva el mejor malbec para los queridos. Embriágate de birra, trapiche y noches de tango, y comparte la tristeza bailando con un desconocido. Devora súbito las oportunidades en su jugo, pero las decisiones más importantes bien cocidas. Sé pasional en la vida como en el estadio, estoico en tus convicciones como los Andes, y sereno, como el hielo glaciar Perito Moreno. Dale un beso dulce de alfajor a los que más quieres, hombres y mujeres. No confundas la soberbia con la confianza, opina sobre todo, y vos dale voz al otro, comparte, como en una tarde de tomar mate… Guarda tus secretos celosamente como una “trava” su cocaína, entre las tetas o debajo de la peluca, pero no los vendas nunca, mas que a la gente que de verdad te ama. Manténte atento de tus enemigos con un café doble, y combate su amargura con una sonrisa de pan de media luna… Finalmente, ante la duda y la incertidumbre, escoge siempre la empanada de carne frita o sino nada, pues la empanada de carne calentada al horno, dicen, no es empanada.

Autor: Manuel Espinosa Nevraumont