Algo sobre la muerte del Dr. Nevraumont

ūüéľ The King’s Speech ‚ÄĘ Alexandre Desplat.

Justo ayer pensaba en √©l. Mi madre me mand√≥ un mensaje para decirme que ya estaba muy mal; no me alarm√©, tantas veces nos hizo la finta en los √ļltimos a√Īos de que ya hab√≠a dejado su cuerpo para irse a otro lado; al final siempre volv√≠a, vivo, respiraba, y te miraba. Pero esta vez fue en serio.

Dr. Nevraumont

Yo lo recuerdo siempre viejo, desde que era peque√Īo, con su piel arrugada de elefante y sus ojos magnificados por sus lentes telesc√≥picos. Dicen que sol√≠a ser un padre muy autoritario, pero que la llegada del primer nieto le abland√≥ el coraz√≥n:
Yolanda, ah√≠ te encargo a Ramocito. ¬Ņa ver qu√© cuentas me entrega?

Conmigo mi tito fungi√≥ siempre el rol del abuelo perfecto, el que dictan las leyes naturales de amor por los nietos:¬†Nos fuimos de viaje juntos a Canad√° un verano; com√≠amos saladitas con sus quesos a√Īejados en las cavernas de la casa; y ve√≠amos lo partidos de basketball de la NBA en el cuarto de Ram√≥n, yo acostado en la cama, y √©l en esa mecedora tejida de paja que tanto odiaba mi hermano.

Me apoyó siempre en todos mis proyectos sin importar qué tan locos o desvariados fuesen. Es sin duda de él que heredé la pasión por viajar; mi mamá y mi papá sufren hasta para salir a la esquina.

En la casa nunca me sentía solo, pues sabía exactamente en qué punto se encontraba porque arrastraba sus pantuflas como sacando chispas por todos los pasillos. Y si me sentía mal, no había medicina que no existiera en su cubetita metálica arriba del refrigerador, apunto de caducar.

Conocía a mis mejores amigos y se llevaba muy bien con ellos. A Daniel siempre que lo veía le contaba la historia de la Catedral de Strasbourg todas las veces, pero con el mismo entusiasmo de la primera vez.

Sabía miles de historias, y las contaba con perfecto detalle; su cualidades como lector afanado lo convertían indiscutiblemente en un cronista implacable.

Ya luego me terminas de contar Tito, me tengo que ir.

Cuando todav√≠a el desgraciado cuerpo se lo permit√≠a, sal√≠a a caminar al centro de Xalapa, al parque Ju√°rez, donde √©l y sus amigos, sentados en esas bancas oxidadas charlaban de sus glorias pasadas y de sus penas presentes. Ese colectivo de viejos se hab√≠a vuelto un monumento al ciudadano ilustre xalape√Īo. Sin embargo, el pasar del tiempo es implacable y esos amigos vitalicios fueron desapareci√©ndose de este mundo, uno tras otro, y mi abuelo les sobreviv√≠a, como un guerrero solitario que se aferraba a la vida.

Recuerdo que una ma√Īana, me pidi√≥ que lo llevara al doctor, que se sent√≠a mareado. Esa noche la mitad de su cuerpo se apag√≥. Con una lucha a muerte contra la vida misma, se recuper√≥ despu√©s de unos meses y volvi√≥ a caminar, pero una ca√≠da fulminante le parti√≥ el f√©mur y le asest√≥ la peor de las herida: la imposibilidad definitiva de caminar.

Hoy mi abuelo por fin se rindi√≥, lo necesitaba √©l, lo necesit√°bamos nosotros. Hab√≠a sido prisionero de un cuerpo pesado y obsoleto por los √ļltimos a√Īos. Lo cuidamos, y lo amamos cada d√≠a con la misma intensidad , al levantarlo, al darle de comer, al ba√Īarlo, al acostarlo, una y otra vez, d√≠a y noche.

Primero Manuel, luego Tere, luego Paty sus hijos; luego Ramón, Paty, Valeria, Nicolás y yo, sus nietos. Las vidas que trajo a luz en los partos, y las vidas que salvó como médico renombrado; somos su legado biográfico, lo que él le obsequió al mundo junto con mi querida tita, Maria Teresa.

Y aqu√≠ nos comprometemos a no olvidarte tito, a recordarte siempre con candidez y cari√Īo; y a contarle al peque√Īo Nicol√°s cuando est√© m√°s grande, a Nico, que tuvo un abuelo, que era brillante, amoroso y bueno, que era el mejor.

Te amo Tito.

Anuncios