Casi un año luz (sin ti)

Casi un año luz (sin ti) 020
Fotografía y Edición por: Jorge Rodrigo @fiors_
Dirección y Escrito por: Manu Espinosa Nevraumont @manumanuti @skinasfolk_
Modelos: Gerardo Cabanillas Brajcich @gbrajcich y Ernesto Peart Falcón @elnetofa

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Skinasfolk: Poemas de amor II

The complete Einaudi List

Por fin, después de un par de meses, he aquí la segunda  recopilación compuesta por 60 de mis poemas de amor (y dolor) escritos para @skinasfolk_

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Skinasfolk: Poemas de amor I

10 hours Minimal Piano

Decidí hacer una primera recopilación de 60 de mis poemas de amor (y sus matices) escritos para @skinasfolk_

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Algo sobre la muerte del Dr. Nevraumont

🎼 The King’s Speech • Alexandre Desplat.

Justo ayer pensaba en él. Mi madre me mandó un mensaje para decirme que ya estaba muy mal; no me alarmé, tantas veces nos hizo la finta en los últimos años de que ya había dejado su cuerpo para irse a otro lado; al final siempre volvía, vivo, respiraba, y te miraba. Pero esta vez fue en serio.

Dr. Nevraumont

Yo lo recuerdo siempre viejo, desde que era pequeño, con su piel arrugada de elefante y sus ojos magnificados por sus lentes telescópicos. Dicen que solía ser un padre muy autoritario, pero que la llegada del primer nieto le ablandó el corazón:
Yolanda, ahí te encargo a Ramocito. ¿a ver qué cuentas me entrega?

Conmigo mi tito fungió siempre el rol del abuelo perfecto, el que dictan las leyes naturales de amor por los nietos: Nos fuimos de viaje juntos a Canadá un verano; comíamos saladitas con sus quesos añejados en las cavernas de la casa; y veíamos lo partidos de basketball de la NBA en el cuarto de Ramón, yo acostado en la cama, y él en esa mecedora tejida de paja que tanto odiaba mi hermano.

Me apoyó siempre en todos mis proyectos sin importar qué tan locos o desvariados fuesen. Es sin duda de él que heredé la pasión por viajar; mi mamá y mi papá sufren hasta para salir a la esquina.

En la casa nunca me sentía solo, pues sabía exactamente en qué punto se encontraba porque arrastraba sus pantuflas como sacando chispas por todos los pasillos. Y si me sentía mal, no había medicina que no existiera en su cubetita metálica arriba del refrigerador, apunto de caducar.

Conocía a mis mejores amigos y se llevaba muy bien con ellos. A Daniel siempre que lo veía le contaba la historia de la Catedral de Strasbourg todas las veces, pero con el mismo entusiasmo de la primera vez.

Sabía miles de historias, y las contaba con perfecto detalle; su cualidades como lector afanado lo convertían indiscutiblemente en un cronista implacable.

Ya luego me terminas de contar Tito, me tengo que ir.

Cuando todavía el desgraciado cuerpo se lo permitía, salía a caminar al centro de Xalapa, al parque Juárez, donde él y sus amigos, sentados en esas bancas oxidadas charlaban de sus glorias pasadas y de sus penas presentes. Ese colectivo de viejos se había vuelto un monumento al ciudadano ilustre xalapeño. Sin embargo, el pasar del tiempo es implacable y esos amigos vitalicios fueron desapareciéndose de este mundo, uno tras otro, y mi abuelo les sobrevivía, como un guerrero solitario que se aferraba a la vida.

Recuerdo que una mañana, me pidió que lo llevara al doctor, que se sentía mareado. Esa noche la mitad de su cuerpo se apagó. Con una lucha a muerte contra la vida misma, se recuperó después de unos meses y volvió a caminar, pero una caída fulminante le partió el fémur y le asestó la peor de las herida: la imposibilidad definitiva de caminar.

Hoy mi abuelo por fin se rindió, lo necesitaba él, lo necesitábamos nosotros. Había sido prisionero de un cuerpo pesado y obsoleto por los últimos años. Lo cuidamos, y lo amamos cada día con la misma intensidad , al levantarlo, al darle de comer, al bañarlo, al acostarlo, una y otra vez, día y noche.

Primero Manuel, luego Tere, luego Paty sus hijos; luego Ramón, Paty, Valeria, Nicolás y yo, sus nietos. Las vidas que trajo a luz en los partos, y las vidas que salvó como médico renombrado; somos su legado biográfico, lo que él le obsequió al mundo junto con mi querida tita, Maria Teresa.

Y aquí nos comprometemos a no olvidarte tito, a recordarte siempre con candidez y cariño; y a contarle al pequeño Nicolás cuando esté más grande, a Nico, que tuvo un abuelo, que era brillante, amoroso y bueno, que era el mejor.

Te amo Tito.

Algo sobre “La eternidad por fin comienza un lunes”

Leyendo el último capítulo de “La eternidad por fin comienza un lunes” o “El grande viaje del Cisne Negro sobre los lagos de hielo de Irlanda”. Hoy es martes.

La Eternidad por fin comienza un lunes

“Nunca antes, y en un mismo ruedo, el arte había desafiado al poder con tanta audacia. Señoras y señores, la magia contra los rifles, no se lo pierdan, la fantasía contra la indiferencia, pasen, sin pena, pasen a leer cómo el circo de la vida se enfrentó aquel lunes al imperio de la muerte”

Con los sentimientos erectos en la dermis y las fibras capilares electrificadas, un elefante ansioso se sienta en mi pecho, y se crea un vacío de agujero negro en el estómago.

Y llega el momento en que uno no quiere -no quiero- seguir avanzando, y se rehúsa a acabar de leer el libro, pero la voluntad curiosa no claudica, sabiendo de antemano que una vez alcanzada esa última página de precipicio eterno, ya no hay marcha atrás.

Ahora las lágrimas caen, como granizos de invierno, que se revientan contra las últimas palabras y el punto final, como un lago de hielo. Qué magia, mago, poeta, la de un libro para poder centrifugarte las emociones de esa manera, con una narración de principio a fin colmada, como un cisne negro, de inefable belleza.

– Porque mi corazón es nuestro.

Sentencia: Libro mágicamente recomendado.

El grande viaje del Cisne Negro sobre los lagos de hielo de Irlanda

Estela de mi vida

Ella fue mi maestra, mi tía, mi amiga. Estela me introdujo a la narrativa mágica de García Márquez y a la suya, cuando nos contaba de su tía que se impulsaba con sus pedos poderosos por las escaleras de la casa cuesta arriba. Me inculcó la poesía cubana revolucionaria de Guillén, el romanticismo versado de Benedetti, y la franqueza casi insultante de Sabines, quién además fungía del amante secreto de ella, junto con otros literatos, víctimas de su deseo platónico. No sólo los leímos juntos, me enseñó a entenderlos y a declamarlos a los 12 años… Desistimos de los poemas de amor sufrido, pues a su criterio yo no había tenido aún desamores tan incisivos como para entenderlos, y mucho menos actuarlos sensiblemente en el escenario. Ella por su parte nunca mencionó los verdaderos romances de su vida, pero siempre se le notó una amargura que sólo resulta de esguinces fulminantes en el corazón. Además, tuvo que encargarse de su madre durante los últimos años de vejez, limpiando las llagas de esa anciana de más de noventa años que se aferraba a la vida, cuando la vida misma la empujaba de la cama para matarla. Por esto muchos de sus estudiantes la recuerdan como una vieja gritona y amargada, con una voz de hombre que hacía llorar a las niñas de secundaria y a uno que otro “puberto” insolente… Tenía pánico de los balonazos en el patio de la escuela, y estaba dispuesta a arrancarle la cabeza a quién acertara pegarle a su mórbido cuerpo en movimiento. Yo en cambio la recuerdo como una mujer maravillosa, sarcástica y culta, con una caligrafía de otros tiempos tan engarzada como esa ceja independiente que alzaba como síntoma de desconcierto. Me enseñó la importancia de la buena ortografía como un acto de respeto y me hizo sentir querido dentro de un círculo tan estrecho y tan exclusivo. La última vez que la vi fue porque la invité a comer a la casa de mi abuela, y nos la pasamos ajusticiando gente con chismes de antaño, y recordando a los parientes milenarios. Cuando murió, no me sorprendió ver tan poca gente en el funeral, porque en realidad ella siempre estaba sola, todo el tiempo entre libros y ese ratón hijo de puta que se colaba en su casa para volverla aún más loca… Mi madre me susurró que habría sido oportuno declamar alguna de sus poesías delante del público fúnebre, yo me negué porque lo juzgué como algo estúpido, que no era el tiempo ni el lugar, y quizá tenía razón, porque desde entonces en algunas borracheras, o en noches serenas, recito encantando de memoria esos versos y lloro y pienso en ella, y la extraño y maldigo su partida, de mi “Mestra” Estela, Estela de mi vida.